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Aquella tarde el Muñeco Madurga se fue de la cancha algo molesto. Rojitas, su compañero en el ataque boquense, también. El clásico frente al eterno rival había finalizado 0 a 0 y la delantera xeneize no había podido doblegar el arco del incansable Amadeo Carrizo, que a los 42 años disputaba su último Boca-River. Sin embargo, el día de principios de invierno traería consigo una sorpresa mucho más amarga que un partido sin goles.
Una vez finalizado el encuentro, la parcialidad boquense comenzó a retirarse lentamente, pero el destino le iba a jugar una mala pasada. Por alguna razón que todavía se desconoce (algunos piensan que los molinetes no fueron retirados), la salida quedó obstruida, y miles de hinchas comenzaron a amontonarse en los fríos escalones del Monumental. La gente, desesperada gritó con insistencia una y otra vez que no intentaran bajar más, pero el precario sistema comunicativo entre hinchas que querían abandonar el estadio falló. Entonces sobrevino la catástrofe: el público que se encontraba más abajo comenzó a quedarse sin aire y muchos cayeron al piso para ser arrollados por una masa sin control. Cuando la marea humana que venía desde arriba reaccionó ya era tarde. Cientos de heridos con principio de asfixia o con heridas graves provocadas por el alud humano fueron atendidos por médicos o trasladados a hospitales cercanos; otros ni siquiera tuvieron esa suerte, y dejaron su vida en las escalinatas de una cancha de fútbol.
El saldo fue atroz: 71 personas, en su gran mayoría jóvenes hinchas de Boca, perecieron por culpa del desorden y de la negligencia de aquellos que eran responsables de que aquel espectáculo deportivo se desarrollara sin traspiés. Hugo Martínez de León, en su libro "El superclásico. Boca-River: historia y secretos de una pasión", cuenta el testimonio de uno de los simpatizantes que fue testigo de aquel trágico suceso: "Siempre hay hinchas que salen en patotas arrojando diarios encendidos, botellas, bombas y que se llevan a todos por delante. Yo estaba en el estadio y vi que en el sector del desastre pasó eso, lo de siempre, pero nunca imaginé que escaleras abajo irían a destrozarse unos con otros, hasta morir".
En algunas oportunidades hace falta que ocurran sucesos tan dramáticos como el que aconteció aquel 23 de junio de 1968 para recordarle a los organizadores de grandes eventos deportivos que la vida de los espectadores está en sus manos. Sin dudas, la tragedia de la puerta 12 marcó un antes y un después en la organización de eventos, y quedará grabada en la memoria de los amantes del deporte como una de las páginas más oscuras en la historia del fútbol argentino.
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